Escribir me da la posibilidad de evitar acudir a esas odiosas citas con los psiquatras y psicoterapeutas. No todo es malo, pero el solo hecho de cumplir protocolos me revienta los cojones.
Y son meditaciones de un indigo, porque escribo sobre lo que me viene en gana, sobre todo lo contrario a lo que la gente tiene por credo.